Este blog no tiene un fin económico. Rescato objetos del olvido. Escribo sobre la Ciudad, sus comercios antiguos, su historia, sobre personas que ya no están y sobre lo que dejaron. Si algún comentario mío molestara a alguien, contactarse y el comentario será eliminado.

domingo, 1 de enero de 2017

La niña que fui


La niña que fui

Nunca podría decir que no me arrepiento de nada, como dicen algunos, porque hay cosas de las que me arrepiento y mucho. 



De lo que no me arrepiento es de la infancia que tuve, es más, siento orgullo por mis orígenes, por haber tenido una niñez hermosa, aunque no haya sido perfecta; por haber crecido en una familia atípica, particular, pero la más linda para mí, no me imagino haber vivido otra vida ni la cambiaría por otra...


Esta canción describe bien mis sentimientos...



Hija de una modista, crecí entre espejos, maniquíes, telas, probándome ropa, mirando revistas de moda...


...y sobre todo escuchando historias de mujeres. 

Entre las clientas de mi madre había una chica, modelo, que venía a casa y lloraba porque no podía comer todo lo que le gustaba, ya que si engordaba, no la llamaban para desfilar. 

También había una señora que contaba que su marido le era infiel, pero que no se animaba a dejarlo porque con él tenía "un buen pasar". 

Y había una chica hermosa -que intuyo ignoraba que era tan linda-, casada e infeliz. Ella trabajaba en una cristalería. Una tarde llegó a casa con cajas de copas de cristal tallado, hermosas, verdes, fucsias, para agua, para champagne. Le regaló todo a mi madre y desapareció para siempre.  Luego supe que él le pegaba y que ella encontró en otro hombre el amor. Creo que ahí nació mi necesidad vital de que me cuenten historias. 

Fui la ingenuidad con soleras, polleritas acampanadas, jumpers, blusas con encajes, puntillas y alforcitas, con zapatitos de charol jugando en calles de tierra con amigas muy humildes (o más humildes que yo)...

Entre mis recuerdos me veo haciendo barquitos de papel que navegaban en charquitos...


correteando con globos y barriletes caseros...


persiguiendo mariposas...


atrapándolas en frascos un ratito, para mirarlas bien y deliberando con amigas el momento de su liberación...


pidiéndole deseos a los "panaderos"


mirando los cielos recostada en el pasto...


jugando a la escondida en toda la cuadra...


saltando a la soga...


 o andando en patines sin preocuparme por la inseguridad...


aprendiendo qué era el cooperativismo: haciendo pozo común para comprar golosinas...


                                           mirando las nubes y descubriéndole formas...




corriendo en las siestas de verano al heladero de Laponia 

(la foto debe corresponder a la década del 40')

extrañándome con lo que los adultos ya no podían extrañarse...

con los reflejos en los charcos...

con la vida asomando en los lugares más inhóspitos...

cambiando figuritas...



disfrutando las historias encerradas en libros 


y atrapando por ratitos, bichitos de luz...



Pero sobre todo, soñando lindo...

soñar que flotaba...

soñar lo imposible...

pender, correr sin avanzar, todo es posible en sueños...

Y mis gustos particulares, secretos...

mi fascinación por los puentes...

por los relojes de arena y el tiempo en general...

y por los animales en libertad y por la libertad a secas también.

La noche me encantaba, pero la oscuridad me atemorizaba (siempre fui contradictoria)...

 la desolación de la noche, fue, por mucho tiempo, mi único gran temor...

Obvio que deben haber habido infancias mejores, no compito, cuento la mía, la que me marcó a fuego.  

Algunos tienen los puños llenos de verdades, yo los tenía de galletitas...


Fui una niña que se resistía a entrar a la adultez si eso implicaba quedar sin ilusiones. 

Mis padres eran gente muy realista, a veces se asustaban de la hija "diferente" que tenían, todavía hoy mi padre no puede aceptar que coma ceviche y sushi y que me gusten. 

A veces los hijos no se parecen a los padres para diferenciarse.  Pero hay algo más, a veces la diferencia proviene de algo que no podemos conocer, hablo de algo más profundo todavía. Es incomprobable, pero sospecho que venimos al mundo con características propias, más allá del entorno en el que adquirimos otras... pero es sólo un pensamiento mío. 

Por lo menos yo no tenía de quién heredar romanticismo e ingenuidad.  Mientras me gustaba lo antiguo, la moderna en casa era mi madre. 


Yo era sentimental, escuchaba tangos colateralmente cuando los oía mi padre y me interiorizaba en las letras, me compenetraba en las historias de las cuales aprendí que vivir es decepcionarse. 

 

Y siendo chiquita, cuando se armaban bailes en la calle (antes las fiestas se vivían en la vereda, hasta se cenaba en ella, increíble) me "prendía" y bailaba tangos con adultos, si aparecía una cumbia, me retiraba silbando bajito...

También me gustaba charlar con gentre grande (me sigue gustando, aprendo mucho, me conmueven sus historias), quizás a falta de abuelos cercanos. 

Una niña mujer y una mujer aniñada aferrada a sus últimas ilusiones vivas...

Mi madre era la rockera, la que le escapaba a los sentimentalismos y la que adoraba la juventud y no quería llegar a vieja (tanto, que lo logró) y yo era la sensiblera.

En cuanto a programas preferidos, el horario de La Mujer Maravilla era sagrado...si me venían a buscar para jugar a esa hora, yo no estaba para nadie. 


Siempre tuve espíritu justiciero. Cómo hubiera querido repeler balas y tener el lazo de la verdad para que confiesen los mentirosos. 

No le decía nada a nadie pero en mi cuarto giraba como ella para transformarme y me frustraba al comprobar que "conmigo" no funcionaba el poder de conversión (de humana a heroína) hasta que charlando con compañeritas, pregunté con disimulo, si ellas habían intentado transformarse y algunas, para mi alivio, confesaron haber creído en tal posibilidad. 

Era y soy ansiosa. Los regalos del Día del Niño, cumpleaños, de mi santo, Papá Noel y Reyes, me los debían dar antes, porque sino, me ponía a revisar la casa.  Me querían hacer dormir la siesta y era imposible (hoy en día tampoco lo logro), fingía que dormía y solo esperaba que pasaran las horas. 


Conforme fui creciendo, la ingenuidad fue desapareciendo pero redoblé esfuerzos para no abandonarla del todo, por no crecer completamente, por no ser una adulta típica. 

Para lo único que quería crecer era para usar los zapatos de "las grandes"...



Algo de niña conservo y parece que es muy notorio, porque mi hijo suele decirme: "ella se hace la seria pero es una nenona". 

¿Nenona yo?

Si sentí piedad por algunas actitudes de mis padres, mi hijo, debe tener el mismo sentimiento hacia mí, lo evidencian sus comentarios.  Sé que eso de mostrarnos humanos, de exhibir las debilidades, es, en un punto, beneficioso, hermana.  Además, cuando uno ama a otro, ama hasta sus defectos.

Ya era grandecita cuando una tarde de diciembre, mientras jugábamos, pregunté al grupo de chicas con las que estaba qué le habían pedido a Papá Noel.  La ingenuidad ajena, a la gente que no la tiene, la irrita. Unas chicas más grandes, hermanas de mis amigas, fueron crueles queriendo serlo, se convirtieron en Refutadoras de Leyendas (como dice Dolina) y soltaron impías: "los Reyes son los padres". 

Ya lo había escuchado antes, así que les dije: "pero eso no es cierto, no puede ser...".  Pero miré a mi mejor amiga a los ojos y ella bajó la mirada. Esa fue la confirmación que no quería recibir. Salí corriendo y entré en casa desesperada. Mis padres se asustaron. Cuando comenté el motivo de mi aflicción, se miraron, como pidiéndose permiso mutuamente para desilusionarme.

Mi mamá tomó la posta y dijo simplemente "es verdad, no te lo queríamos decir".  Lloré mucho, estaba angustiada, pero no tanto como con mi primera gran desilusión: la de sabernos mortales. 


Y me costó asimilarlo, tanto como incorporar la idea de la redondez de la Tierra...


Bueno, nos vamos a morir todos y los Reyes son los padres...¿alguna sorpresita más? 

Sí, hubieron más desilusiones...

pero ninguna como aquéllas

Ya de adulta, me tocó ser madre ingenua de un hijo cancherito. El nene iba creciendo y no hacía preguntas acerca de los Reyes, ni de la muerte, lo único que quería saber era cómo los espermatozoides pasaban de un cuerpo a otro. 

Una vez, delante de una señora "seriota", cuando lo golpearon con una pelota en la zona de los genitales mi hijo gritó "¡ay, me golpearon los hijitos!", la mujer me miró azorada y pensé "¡bueno, en casa tenemos humor señora!".

El nene ya tenía edad de saber "la verdad" y mi papá, mientras estábamos sentados en una mesa de un fin de año, me miró y me dijo: "este chico ya sabe la verdad y no te quiere decir para no desilusionarte".   Ah bueno, lo que me faltaba. ¿Me cuidaron mis padres y ahora me cuida mi hijo?, pensé.

Tuve una charla con el nene y confirmó lo que pensaba mi padre, sabía todo, se había enterado por amigos, solo que el motivo de su simulación no era tan altruista, en realidad temía dejar de recibir buenos regalos. ¡Ay, mi materialista!.

Volviendo a mi niñez, mi madre, aún después de que me casé, me seguía haciendo los regalos de siempre en todas las fechas del año que ameritaban un regalo. 

¿Qué más tuvo mi infancia? En ella aprendí lo principal y prácticamente sola aunque no en soledad, como una autodidacta que se forma con la experiencia, que decide lo que quiere aprender y lo que no,  interactuando y jugando. 

Si bien nací en una familia humilde, mi madre se asustaba porque a mi no me importaba la condición social de mis amigas (eso lo mantuve toda la vida). 

 Mi mejor amiga vivía en una casilla y me gustaba oficiar de defensora si la discriminaban, no me importaba pelearme con las "divinas". 

"¿vos qué andás diciendo de ella?"

Las maderas que formaban las paredes de la casilla estaban agujereadas, por allí cuando había viento entraba "chiflete" (palabra que le causa gracia a mi hijo y yo no encuentro reemplazo),  temblaban los días de mucho viento y eran un hornito en verano. A mí, me conmovía todo eso. 

Yo coloreaba mi Macondo

Ella no conocía al papá y la criaba la abuela, que era el clon de Patora. Una señora entrada en años y en carnes, alta, de pelo renegrido largo y trenzado, de nariz ganchuda, de andar cansino y santiagueña.

Patora

Una tarde de lluvia, nos refugiamos en su casita. La abuela nos trajo una bandeja con algo que yo ignoraba qué cosa era. Tenían forma de nenes (cual galletitas de jengibre) y estaban espolvoreados con azúcar. 

Esta era su forma...



Al probarlas sentí que era lo más rico que había comido en mi vida. Ya de adulta leí un asombro similar que tuvo Borges al comer por primera vez ravioles. No conocía su nombre y le contó a su madre que había comido como unos "almohadoncitos" muy ricos. 

Terminado mi banquete y llegado el momento de volver a casa, me dirigí feliz a contarle la novedad a mi madre:  "la abuela de Lily nos hizo algo muy rico, una masa con forma de nenes, quiero que me lo hagas". Hay que tener cuidado con lo que se desea, eso lo supe después.

Mi madre sé que sintió envidia pero quiso disimularlo. Asintió y al otro día le preguntó a la señora qué me había hecho que me había gustado tanto. 

La mujer dijo sin asombro, con su imperturbable sencillez y con su tonada: "eran tortas fritas".

Mi madre sintió más bronca todavía, me miró con furia, como diciendo: "¿tanto lío por una torta frita?".

Por complacerme le pidió la receta.  La abuela usaba el ojímetro, parece, ya que no fue muy precisa: "un poco de harina, sal y grasa", le dijo.

Ya en casa mi madre me quiso desalentar refiriéndose despectivamente a las tortas fritas.  Dijo que eran algo muy "económico" y "común". "Común pero rico", retruqué (no me toquen las tortas fritas, pensé), que desde ese día, junto con las empanadas fritas de la feria y las "bolas de fraile" (berlinesas que le digan otros), se convertían en mi fuente de grasa preferida. Menos mal que en la infancia no tenía prejuicios. En los gustos gastronómicos fue en lo que más cambié.

Volviendo al tema de las tortas fritas, mi madre intentó complacerme. Pero ella no iba a usar grasa, me lo advirtió, era modesta pero paqueta. Y yo no pensé que esa modificación fuera a ser tan calamitosa.  Pero ella siguió introduciendo cambios en la receta original.  Tenía una obsesión con la harina Blancaflor (que arruinaba todas las recetas que no llevaban harina leudante, como la pizza, que le salía como un bizcochuelo) y adoraba la manteca (que yo, francamente, no tolero), cambió los dos y únicos ingredientes de la receta y con eso cambió todo, hizo otra cosa, produjo una hecatombe.  

Fue así como aprendí a cocinar, fue en defensa propia. Y no sólo eso. Aprendí que no hay nada como esforzarme yo misma para alcanzar mis sueños y complacerme...


Un día, a la vuelta del colegio, entré a casa y olí algo raro y repugnante en el aire.  Mi madre contenta me esperaba con tortas fritas "redondas" fritas en "manteca"

Yo era modosita pero sentía que ya no soportaba más decepciones en mi corta pero intensa vida.  Le reproché el formato: "pero no tienen forma de nenes"-hasta debo haber puchereado-.  Pregunté de dónde venía ese olor y me dijeron que era de la manteca  
al calentarse.  

Recuerdo que pensé "estoy condenada a  depender de la abuela de Lily para poder seguir comiendo tortas fritas".  Igualmente, le sugerí a mi madre que probara de hacerlas con grasa y lamentablemente, me hizo caso. 

Era muy voluntariosa (en eso sí salí a ella). Compró grasa "la mejor que encontró" dijo como atajándose y dejando claro que ella apuntaba a lo mejorcito e intentó, con todo su amor, imitar la delicia de la casa vecina, sin éxito, claro.  El resultado fue algo incomible para mí, aunque mi papá les hizo honor, ya que como buen gallego le hace honor casi a cualquier comestible porque ellos "pasaron necesidades en Europa".

 Moralejas que extraje en ese momento: "la mejor grasa es la peor", "la comida de pobre hay que hacerla como la hacen los pobres" y "hay recetas que sólo se dan en ciertas manos" (tal vez no pensé exactamente eso en mi niñez, pero algo parecido sentí y hoy le pongo palabras).

Pero no la juzgo, yo misma, nunca pude alcanzar la gloria de esas tortas fritas, las probé en diversos sitios, intenté hacerlas, pero nunca volví a encontrar esa perfección.  Como tampoco nunca pude hacer ni encontrar quien haga los ajíes rellenos que me hacía mi mamá (una de las cosas que le salían ricas) y que son ya, una verdadera añoranza. 

La vida me puso límites contundentes. Me supe mortal, supe que no existían ciertas cosas y aprendí a vivir con eso, pero me guardé algunas inocencias como provisión para el futuro. 


Por eso levanto muros y no dejo pasar a cualquiera para preservar lo que me queda de una profanación más, que tal vez, no resistiría. Hay gente que disfruta haciendo añicos ilusiones ajenas. 

 No viví exactamente lo que dice esta canción, pero se parece mucho a las sensaciones de mis primeros años... y a la nostalgia con que repaso mi pasado.



Feliz Día del Niño señoras y señores, tengan la edad que tengan...

¿Gustan na gallinita?




2 comentarios:

  1. Sensible y conmovedor: me encantó.
    Ojalá seamos todos un poco niños este domingo, y conservemos siempre la capacidad de asombro y algo de la inocencia de los años tiernos.
    Más que una gallinita daría cualquier cosa por una torta frita. Por suerte, le conseguí a mi madre grasa de pella que me guardó el carnicero, se hará realidad ese irrefrenable deseo. Saludos!

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  2. excelente me encanto, que este domingo reviva ese niño que tenemos todos

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